Tirano Banderas

Por Paloma F. Marco

Cuarta vez que se representa Tirano Banderas en Madrid, desde la publicación de la novela homónima en 1926 y su primera representación en los años setenta dirigida por José Tamayo. Impedimentos legales de los descendientes de Valle Inclán aparte, esta sequía se debe a la complejidad de poner en escena el singular mundo literario de este sin par autor, con su lenguaje propio y su particular visión del mundo y de los personajes de sus textos. Exponente máximo del “esperpento”, Tirano Banderas aborda la caída de un perverso y despótico dictador de una región sudamericana ficticia, que se ha mantenido en el poder con el terror y la opresión por bandera, de cómo afecta esta situación al comportamiento de los distintos colectivos sociales y de cómo un movimiento revolucionario le derroca utilizando su propia zafiedad y torpeza. Oriol Broggi ha querido alejarse de la figura tan amenazantemente grande que pueda resultar Valle-Inclán: se ha criticado la oscuridad y tenebrosidad que se cierne durante los dos actos, frente a la luz y alegría de los países tropicales en el que, supuestamente se enclava la acción pero, ¿no es así como se ve una región sometida al horror de una dictadura? También se ha señalado el exceso de gritos dramáticos, la confusión de acentos y el desdoblamiento del casi medio centenar de personajes de la novela entre los nueve actores de la representación; pues he de decir, que si bien es cierto que en la primera parte impera cierta confusión y alboroto con los cambios de papel y acciones frenéticamente desencadenadas, es precisamente el arduo e impresionante trabajo de los distintos actores de nacionalidades española e iberoamericanas (fruto del Proyecto Dos Orillas, entre ambos continentes), lo que enriquece y da un juego que, en definitiva es lo que pretende Valle-Inclán: prender la llama de la imaginación. La segunda parte asienta más la acción y da lugar a deleitarnos más despacio con actuaciones magistrales como las de Pedro Casablanc en su papelón de coronel y también de “cabaretera” (imperdible), una siempre inmensa Susi Díaz y unas impecables y emocionantes interpretaciones de la porteña Vanesa Maja y el mejicano Joaquín Cosío. Quizá la imagen del Tirano, como en sus antecesoras obras, queda algo difuminada y carente de fuerza, pero hay que quitarse el sombrero ante la calidad y el esfuerzo interpretativo y físico de todos los actores. Calificación: Para “valle-inclaneros” no puristas y amantes de las buenas interpretaciones.

 

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