Algo tiene la calle San Bernardo

Siempre me pareció que la calle San Bernardo era una de las calles del centro de Madrid con menos gracia (que no se me ofendan sus habitantes). Es verdad que tiene una situación privilegiada, pero como arteria de comunación entre dos concurridos barrios de la capital, se siente en tierra de nadie y pierde identidad.

El pasado verano me ocurrieron dos anécdotas en la calle San Bernardo y desde entonces ya tiene otro color para mí. Ahora, a parte de seguir sin identidad, cuando paso por ella pienso que algo hecho con final negativo para mí sobrevuela mi cabeza. Contaré por qué.

Un viernes por la noche conducía yo mi coche por la calle en cuestión. Iba al cine a la otra punta de Madrid y como siempre con la hora un poco pegada. Crucé la Gran Vía camino de la glorieta de Quevedo y la mala suerte quiso que delante de mí me fuera a topar con un motorista subido en su moto que enfilaba la calle San Bernardo a 10 por hora (era lo que marcaba mi cuenta kilómetros).

La velocidad se mantenía, incluso puede ser que dismuyera, a la par que mi desesperación aumentaba viendo como pasaban los minutos incesantemente. Pasada la calle Pez seguíamos al mismo ritmo de 10 por hora, aguantando al motorista, que además frenaba en cada esquina para comprobar el nombre de las calles, guiñando los ojos hasta conseguir enfocar el cartel con el nombre y que así su miopía le permitiera leerlo.

Dentro de mí, una fuerza irrefrenable que me surge cuando no aguanto más me hizo tocar ligeramente el claxon de mi coche para ver si servía de reactivo al motorista. Claro que sirvió, pero para sacar de él sus instintos más básicos.

En la intersección con Espíritu Santo el motero cegato paró la moto, y con ello me hizo parar a mí y a la procesión de coches que me seguían (por delante la calle parecía un desierto), se bajó y se dirigió hacia mi coche gritando proclamas -por decir algo- contra mí, imagino, porque no escuchaba bien lo que decía. Cuando llegó a la altura de mi ventanilla, comenzó a aporrearla, exigiendo que me bajara y propiciando todo tipo de insultos. Yo no sabía como iba a acabar todo aquello.

Los conductores del otro carril estaban perplejos y se iban parando a su paso. Los de detrás comenzaron a pitar. Yo mantuve la calma. Sin mirarle en ningún momento, sólo hice un gesto con el dedo gordo de mi mano derecha, moviendo el brazo de delante hacia atrás indicándole el atasco que estaba formando. Mi pasotismo le irritó más aún, pero como veía que no podía conseguir más de lo que había conseguido ya, es decir, formar un atasco y que le mirase todo viandante, conductor u ocupante de vehículo, dejó de dar puñetazos a mi cristal y se dirigió de vuelta a su moto, vociferando sin parar.

Cuando llegó allí, se montó, intentó arrancarla… y negativo, no lo consiguió. Otro intento de arranque, negativo. Al tercer intento sin conseguirlo, se bajó de la moto y tuvo que apartarla, dejándola la esquina para deleite y satisfacción de mi fuero interno.

Al pasar a su altura, le miré y sólo pude decir ¡jódete!

El próximo día que os encontréis en un atasco sin sentido pensad en lo que puede estar sucediendo delante.

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3 comentarios

Archivado bajo en el candelero

3 Respuestas a “Algo tiene la calle San Bernardo

  1. Jesús Ortega

    Eso es lo que tenemos que aguantar los sufridores conductores de Madrid, por eso, los que pisan poco Madrid tienen la ventaja de no tener que aguantar. Todo tiene sus pros y sus contras. Gracias por tu destacado.

  2. M

    Bueno,ademas de tenerlo en cuenta para los proximos atascos absurdos de nuestra capital…hay que destacar,que tu paciencia fue superlativa y que las ventanillas de tu coche a prueba de puñetazos agresivos… 😉

  3. Silvia

    ¡Di que sí!
    Buena lección! :p

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