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El lunar de Lady Chatterley

Buah, Ana Fernández, ¡qué poder escénico tiene! Me dejó con la boca abierta prácticamente con cada palabra que dirigía a los espectadores, al público de esa sala de vistas en la que se juzga a esa pobre mujer. “El lunar de Lady Chatterley” no es un texto fácil, como casi ninguno, pero aquí hay que añadirle que tiene que la actriz tiene que capear la soledad sobre el escenario con un texto que funciona como un reloj de precisión, en el que cualquier fallo puede ser tan evidente que no permita remediar el error. No se trastabilló ni tuvo un gesto de duda una sola vez. Te admiro, Ana. Te admiro por ese dominio que tienes del verbo, por saber combinar, como una maestra, la palabra, el gesto y las pausas. La mano de Antonio Gil ha sido muy certera en la dirección, se nota. Pero la dicción y las pausas son de Ana Fernández y las maneja como quiere.

el-lunar-de-lady-chatterley_ana-web-mediaLa historia de “El luna del Lady Chatterley”, un granito más en la lucha para que la mujer ocupe el puesto que le pertenece, puede sonarles repetitiva, a unos, y antigua, a otros. Nunca está de más que nos lo recuerden y más cuando la historia se sitúa en 1932, lo que nos da la perspectiva necesaria para entender lo mucho que hemos avanzado en poco tiempo.

Más allá del interés que pueda despertar el tema, la propuesta teatral es brillante desde el mismo momento en el que su protagonista pone un pie en el escenario. Esta es una obra de texto, por cierto, detalladamente escrito por Roberto Santiago, sin llegar a la pesadez ni a los giros interminables en torno a un mismo asunto en el que suelen dejarse caer los monólogos. Aquí, no. Todo preciso, pero sin perder detalle, como en esa excepcional descripción de Sir Chatterley que Ana Fernández borda y llena de las correspondientes intenciones dejando al espectador sin aliento mientras clavan su mirada en la expresión prodigiosa de la actriz.

Un lunar pocas veces creó una historia única, irrepetible como esta que, además de trasladar el mensaje del necesario empoderamiento de la mujer, muestra el trabajo de unos artistas que saben atraer al público con el manejo de la palabra y el verbo único de Ana Fernández.

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La vuelta a la familia profunda

REGRESO AL HOGAR de Harold Pinter

Un hecho que en general es motivo de alegría en la mayoría de los hogares, como es la vuelta a casa del hijo que abandonó su entorno seis años atrás, en la familia de Regreso al hogar marca un antes y un después. Ya nada volverá a ser como antes para ninguno de sus miembros.

Cartel Regreso al hogarRegreso al hogar no es más que exageración de las relaciones humanas, no sólo en lo referente a las relaciones familiares sino en lo que se refiere a nuestras relaciones con los demás. Un padre abrupto, maleducado y que, a pesar de querer imponerse, ya ha perdido la autoridad, abre el cuadro de situación que va explicando al espectador quién es cada uno de los personajes.

El premio nobel Harold Pinter cuenta la historia de un familia que se presenta desmembrada, rota y sin visos de reconciliación. Y un hecho inesperado consigue unirles cuando cada uno vivía en su planeta a pesar de habitar bajo el mismo techo. Es un familia de hombres. La única mujer de la casa era la madre que murió. Ahora la única fémina de la historia es Ruth (Ana Fernández) la esposa de Teddy (Sergio Otegui), el hijo pródigo que vuelve a casa.

Ruth, una mujer tímida, desorientada ante un entorno nuevo, ante una familia llena de extraños. Max (Francesc Lucchetti), el padre, no acepta a una intrusa en su casa. Ni tan siquiera acepta a su hijo Teddy al que considera un intruso igualmente que abandonó el hogar familiar para irse con una mujer. Pero poco a poco se familiariza con Ruth y la admite en su  hogar. Y el resto de hombres de la familia se acostumbran a la presencia de esa intrusa familiar. La lucha comenzará cuando Teddy y Ruth decidan volver a su hogar conyugal.

Hay quien califica esta obra de Pinter como una de sus muestras de teatro del absurdo. Tiene un final inesperado, sorprendente, incluso se puede considerar imposible por lo que conlleva, pero no deja de mostrar lo que a muchos les hubiese gustado hacer ante esa situación y nunca se habría atrevido.

Ana Fernández y Sergio Otegui en Regreso al hogar

Francesc Lucchetti llena el escenario en el papel de Max, ese padre odioso y odiado por sus hijos. Siempre vivieron bajo el yugo de su voluntad radical y caprichosa. Lucchetti se transforma en Max y nos hace creer que su físico sólo puede corresponder con una personalidad como la del Max que Pinter concibió. Ana Fernández da vida Ruth. Las miradas inquietantes de Ana denotan una mezcla de timidez y altivez ante lo que vive en la casa familiar de su marido. La complicidad inicial que tiene con su marido en la obra, Ana la transforma en deseo hacia el resto del mundo. Por su parte, Sergio Otegui aguanta el tipo en el escenario intepretando a Teddy que tiene que soportar vejaciones y desprecios por parte del resto de personajes, consiguiendo que el público llegue a tener compasión de él. Antonio Gil, en el personaje de Lenny, aporta un aire chulesco y de superioridad que no se achanta ante las imposiciones del padre. Todos ellos coordinados por el director de orquesta que en esta función el experto director teatral Ferrán Madico que ha sabido conseguir que los actores de esta versión de Regreso al hogar proporcionen un profundo realismo a sus personajes.

 

Teatro Español

Sala Pequeña

Calle Príncipe, 25

Tel.: 91 360 14 80

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