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Sótano

El cine ha encontrado en los thrillers con tensión psicológica uno de los mayores filones para atraer al público a salas, cuando el espectador veía películas en el cine. El género de la gran pantalla despliega sus recursos y hace que quien mira atentamente la historia que le están contando, aumentando su nivel de adrenalina gracias a la música o una imagen repentina e impactante. El teatro no puede sacar provecho a esas triquiñuelas porque en el escenario no hay engaño. Crear tensión en el teatro es una tarea titánica y aquel que lo consigue es porque sabe manejar los tiempos, las pausas, la palabra, las miradas, la expresión corporal, los movimientos… vamos, que sabe hacer funcionar un reloj teatral.

“Sótano” es un montaje en el que su director, Israel Elejalde, ha sabido combinar esos elementos para llegar a su objetivo: tener al público en tensión durante una hora. Elejalde ha encauzado muy adecuadamente las actitudes de los actores Juan Codina y Víctor Clavijo guiados hacia el desconcierto del espectador. Estos dos personajes que coinciden en un mismo lugar, con un único motivo, no desean estar allí, pero una fuerza poderosa les atrae para tener que sufrirse, soportarse y odiarse. Esa fuerza está alimentada por la curiosidad, por el querer saber más. La incógnita la creó el autor de “Sótano”, Benet i Jornet, y ahí la deja, abierta para que el espectador reflexione, piense y cree situaciones en su imaginación. Esa es la principal función del autor, hacer mover la meninges del espectador, conseguir dejarle con un runrún sobre lo que les pasa a esos dos hombres atraídos por un único punto de encuentro. Y ¡vamos que si lo consigue!

Calificación: Gozoso disfrute del suspense en el teatro.

 

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Un hombre con gafas de pasta

Convulsa experiencia teatral en La Pensión de las Pulgas. Así definiría en pocas palabras lo que es el montaje “Un hombre con gafas de pasta” que acaba de estrenar la programación de esta ya mítica sala madrileña. La obra de teatro tiene todos los elementos para el éxito: un buen texto, una delicada y acertada dirección y una interpretación que hace sentirse al público como auténticos “voyeurs” autorizados para ver lo que sucede en la casa de esa joven, Aina, que acaba de ser abandonada por su novio y recibe a sus mejores amigos. Ellos sólo quieren ayudarla a superar el trance, similar al que luego sufrirán todos los personajes cuando la historia dé un giro que arremeterá en forma de coletazo inesperado sobre la idea que se haya podido ir creando el espectador sobre cómo se iban a comportar esos personajes. Eso nos pasa por no estar acostumbrados a las sorpresas teatrales, tan necesarias sobre un escenario. Jordi Casanovas en este texto borda este factor.

Pero en el texto se atisba mucho más, principalmente, focalizado en dos asuntos: que no es mejor artista el que mejor se vende de cara al exterior y que las amistades, por muy forjadas que estén, cuando no se tiene una personalidad fuerte, se pueden ver debilitadas por los cantos de sirena. En realidad, esto aplica a la amistad y a tantos otros aspectos de la vida. Jordi Casanovas firma también la dirección y no se le escapa un detalle. Todo calculado milimétricamente para abducir a los personajes en ese misterio que rodeará ese salón desde la llegada del hombre con gafas de pasta. El gafapasta, el intelectual, el “sobrao” es José Luis Alcobendas que maneja admirablemente el control de las miradas y las escalofriantes pausas. Inge Martín saca a relucir un torbellino de emociones, muchas de ellas encontradas, y llena de verdad a esa mujer cabal que parecía estar perdiendo la cordura. Olga Rodríguez y Markos Marín contribuyen con creces a que el giro de la obra sea más convulso para el público. Sus reacciones llenas de sinceridad golpean, otra vez, al espectador.

Calificación: Sin duda una obra que no hay que dejar pasar.

 

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Breve ejercicio para sobrevivir

La profesión teatral atraviesa por momentos difíciles como durante todos los siglos de historia que deja a su paso. Ser actor no es fácil, por mucho que lo parezca, y tener que adoptar sentimientos, emociones y personalidades de otros, a más de uno le pasado factura y habrá otros muchos a los que se la seguirá pasando mientras la interpretación exista. El argentino Lautaro Perotti firma la autoría de “Breve ejercicio para sobrevivir”, una historia sobre la miseria de los actores, que las tiene, ay, que si las tienen. Perotti conoce a la perfección como funciona un actor porque él lo es y se rodea de ellos. Plasma el mundo de los actores en esta metáfora desde el ángulo de la autodestrucción, por un lado, y del miedo a las barreras para poder ejercer adecuadamente la interpretación de la vida de otros.

Sobre esos dos telones crea dos vidas y alrededor de esos personajes van surgiendo otros mucho temas de la profesión actoral y de la vida más perra que cualquier existencia infrahumana pudiera sufrir. Bárbara Lennie y Santi Marín son el dúo protagonista, el colmo de las desdichas, los actores frustrados profesional y personalmente. Lautaro Perotti desde la dirección embauca la atención del público que una vez que ha puesto sus ojos en los actores no los puede separar, ansioso por saber adónde irán a parar. Además saca lo mejor de ambos intérpretes. De Bárbara Lennie esa verdad, que dicen los actores, esa naturalidad, que dice el público. Ella es de verdad sobre un escenario. De Santi Marín saca un nuevo registro gracias a esa dificultad física del personaje, tan complicada de imitar sin ser actor, que Marín explota gustosamente y sin artificios.

Calificación: Montaje que toca la sensibilidad humana.

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2 febrero 2014 · 12:53 pm

Mc BETH INTERNATIONAL GROUP – MBIG

Verán, los clásicos no son fáciles. Unos por el verso, otros porque cuentan historias que tocan muy de lejos al espectador, otros porque no se sabe ya qué posición adoptar en la butaca y así podríamos conseguir con una larga lista de motivos. Pues llega el bueno de Jose Martret, actor, adaptador teatral, director y empresario teatral, (suena fuerte, pero lo es) y monta un Macbeth en la que fuera la casa de la cupletista la Bella Chelito en la calle Huertas de Madrid. Cóctel explosivo con resultado de un Shakespeare a altura de cualquier mortal, quizá menos versionado de lo que en principio se pueda dar a entender, pero sí mucho más cercano que otro Macbeth. Muchas de las ideas que aquí tiene Martret son geniales. Por ejemplo, esas brujas, Rocío Calvo y Maribel Luis, siempre estupendas ellas, que son representadas como tantas brujas de andar por casa, conocidas de todos y que auguran futuros sin más base que una intuición, a veces, fallida. Francisco Boira carga con el peso de ser Macbeth, ardua labor para un actor y más aún cuando el espectador está a menos de un palmo, quizá cuando Boira esté más adaptado al espacio, ese Macbeth respirá más seguridad. Quien sorprende, como en cada una de sus actuaciones, es Inma Cuevas. Es una magnífica maestra de ceremonias con una capacidad sobrenatural para interpretar lo que le echen (tiene ahora mismo tres montajes distintos en cartel) y para atraer al espectador, tanto que en la escena final más de uno no podrá separar la vista de su cara que muestra el ingente sufrimiento que se avecina para su reino y que logra conquistar, una vez más, el escenario para delicia de sus lacayos. Inma Cuevas, ora pro nobis. Y todo ello en un espacio, único, singular, distinto, adaptado a las necesidades y que, en ocasiones, quita protagonismo a lo que sucede en la escena porque la selección de elementos decorativos es tan cuidada que es inevitable que la atención se distraiga. Calificación: El Macbeth de siempre en un entorno muy próximo a nuestros días.

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