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Insolventes

InsolventesLas crisis que todo lo ha inundado los últimos años nos ha hecho perder la perspectiva de la existencia de un submundo que siempre ha existido en España, que alguien definió como la España profunda, la España del subsuelo, la España que brilla, pero que existe y que no es fruto de la crisis porque siempre estuvo ahí y, desgraciadamente para los que la habitan, siempre seguirá ahí, integrada por personajes que nunca destacarán por el reconocimiento positivo des sus habilidades profesionales que subsisten gracias al ingenio que conforma su ADN, transmitido en su información genética.

“Insolventes” es la historia de tres personajes que malviven día a día en una Barcelona transformada y moderna aunque eso a ellos les da igual porque lo que pase fuera de la ruinosa librería, que utilizan como hervidero de ideas sin buen fin, no es su problema. Félix Estaire retrata un momento, unas horas de la vida de estos tres infelices que son amigos y verdugos a la vez, que reptan para salir adelante y transitan entre días como apisonadoras automáticas que no distinguen a quien se pone por delante.  Rubén Frías, Samy Khalil y Javier Zarapico dan vida a esos tres hombres desahuciados por la sociedad bajo la certera dirección de Pablo Martínez que ha sabido adentrarse en esas vidas desesperadas trasladando al espectador a los bajos fondos en los que habitan esos pillastres del siglo XX que, además, ha sabido mantener la tensión adecuada para atrapar la atención del patio de butacas.

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Chochos, el musical

Los títulos, en general, son muy importantes a la hora de acercar al público a un producto creativo. Deben describir en pocas palabras lo que se encierra detrás de una obra que a veces cuenta mucho más de lo que esconde un mero título. Sin ir más lejos, “Chochos, el musical”. Podría pensarse que detrás hay una comedia muy ligera, llena de frases abruptas y ordinarias que buscan la risa fácil del espectador aliñado con alguna que otra coreografía repleta de mucha entrepierna femenina. ¿A que lo estaban pensado?

Ciertamente, hay mucha comedia y un no parar de carcajadas del público provocada por la inmensa Esther Gimeno… ¡vaya toro interpretativo! y nosotros sin conocerla. Pero La Gimeno, como le gusta llamarse, es una actriz descarada como una cupletista, lista como un ratón y con la inteligencia más que sobrada como para crear un espectáculo cómico que ponga de relieve la situación de la mujer en la historia y en el presente y las limitaciones impuestas a la mujer y las que ella misma se imponía entonces y ahora. Conseguir reírse de un tema de tal calado no es fácil si además se evita la vulgaridad y se pone de relieve la forma de buscar el impacto en el espectador a través de la carcajada. La Gimeno, sin duda, lo consigue con su texto y mano a mano con Marta de Castro, una mujer con una espléndida voz lírica que aporta las notas musicales de este cabaret a la antigua a través de su piano. Ambas nos trasladan al ambiente de los café-cabarets, desgraciadamente desaparecidos, y hacen que el público mire con ansia lo que pasa en el escenario porque cada vez quiere comer más de ese “Chochos, el musical” y desea que no acabe ese disfrute porque este montaje deja con ganas de más (lo que es cada vez más difícil dentro del mundo teatral donde todos las producciones deberían recortarse “diez minutitos”). ¡Ah!, cuando terminen de verlo entenderán que no podría llamarse de otra manera, así que no se asusten de entrada.

Calificación: Un chute de energía reparadora para los días de bajón y para el resto de días.

 

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Lo esencial es invisible a los ojos

Dos jóvenes y un viaje con rumbo incierto aunque desde el principio queda claro que uno quiere ir al norte y el otro, al sur. Un carretera desolada con un sol aplastante de verano y toda una vida por recorrer juntos haciendo autostop, tomando riesgos por conseguir la meta. Así comienza la historia de Celia y Santi, los personajes protagonistas de “Lo esencial es invisible a los ojos”, frase repetidísima de “El principito”, que sin duda resume a qué se reducen las necesidades espirituales del ser humano.

Celia está interpretada por la actriz Reme Gómez, contundente sobre el escenario que defiende a esa mujer inspiradora de novelas, a pesar de su vida cotidiana. A su lado, Santi Giner encarnado por Eduardo Ferrés, un joven actor lleno de verdad que se pone en la piel de un joven escritor reconocido, pero a la vez vilipendiado en un país en el que la libertad de expresión va perdiendo el lugar que un día ocupó. Reme y Santi van afrontando el tiempo y el éxito de formas muy distintas donde la realidad social va pasando factura a su historia de amor.

Una realidad social que por lejana que parezca está inspirada en distintos hechos ocurridos en el mundo y que el autor y director de “Lo esencial es invisible a los ojos”, Jota Linares, ha querido plasmarlo sobre el papel para llevarlo, ahora, al escenario de Nave 73. De esta manera, Linares se compromete con la sociedad y sirve de altavoz a todos esos hechos que han atacado la libertad de expresión de una u otra forma; denuncia esas situaciones para tratar de abrir los ojos al espectador y evitar que se repitan. Se podría decir que el montaje peca cayendo en algunos lugares comunes tan explotados por el cine americano (y por el español, en muchas ocasiones) como es la adicción al alcohol. Es una forma de expresar un desanimo, es cierto, pero quizá ahí también es necesario innovar. Sobre el público diré que había un señor delante de mí que me robó muchos minutos de atención a lo que sucedía sobre el escenario. Estaba tan metido en la historia que, en silencio y sólo con gestos, indicaba a los actores qué decisiones debían tomar, a su entender. Eso sí, tenía una capacidad desmesurada de adaptación a las actitudes de los personajes que le hacía cambiar de un gesto al contrario en pocos segundos tratando de evitar que los personajes cayeran en el abismo. Calificación: Jóvenes, talento y denuncia.

 

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