Excítame

La psicopatía humana explora situaciones sorprendentes y muchas veces desconocidas por el común de los mortales que se enfrentan a ellas como posibles víctimas a pesar de su ignorancia. El musical Excítame pone enfrente del espectador a un psicópata, Richard Loeb, con aires de galán, interpretado por David Tortosa, sin duda uno de los galanes de nuestro teatro contemporáneo que da vida al personaje que le echen. Richard usa sus armas de seducción para conseguir sus fines macabros utilizando a un incauto y enamoradizo Nathan Leopold, al que da vida Alejandro de los Santos, experimentado actor de musicales, lo que de muestra sobradamente sobre las tablas del Fernán Gómez.

Sí, por extraño que parezca, toda esta truculenta historia que mezcla pasión, amor y brotes de locura conforman un musical. Raro, ¿no? Porque los musicales siempre son alegría, luz, felicidad… Este era el riesgo de esta propuesta que ha maridado en perfecta combinación la música con el género negro sobre una historia basada en hechos reales, escrita por Stephen Dolginoff y adaptada en la versión castellana por el dramaturgo Pedro Víllora. José Luis Sixto dirige esta propuesta en la que ha sabido atraer la atención del público para estar pendientes de cada detalle de la historia y hacer que la extraña combinación cumpla con las expectativas de los espectadores interesados por los distintos géneros que encierra “Excítame”.

Calificación: Un musical excepcional lleno de atractivos y con un argumento nada banal.

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El loco de los balcones

Ver a José Sacristán sobre un escenario, trabajando, interpretando y poniendo su piel, su voz y sus movimientos con el alma de un personaje no deja de ser un lujo alcanzable para amantes y profanos al teatro. En “El loco de los balcones”, Sacristán es ese hombre que vive con pasión su amor por los balcones de la vieja Lima que termina convirtiendo su afición desvivida en un modo de existir en el que envuelve también a su joven hija.

Un modo de vida también puede suponer una gran esclavitud ante la que no se reacciona hasta que no se convierte en una losa. Una reflexión sobre la vida y cómo cada uno se la gestiona es lo que cuenta Mario Vargas Llosa en esta obra de teatro inspirado en un profesor italiano que vivía en Lima y que se enamoró profundamente de los balcones de esta ciudad. El ritmo de Vargas Llosa está hecho para la lectura y el espectador lo siente viendo este montaje. El peruano narra con tal precisión cada hecho de aquello que escribe que no es necesario verlo. “El loco de los balcones” podría ser perfectamente interpretado para un radioteatro o visto desde el patio de butacas con los ojos cerrados y el espectador no se perdería nada porque todo está contenido en las palabras. Por eso, trasladar al escenario lo que el premio Nobel escribió, aunque sea en forma de teatro, hace redundante todo que allí se ve. Es innegable que todo el elenco de “El loco de los balcones” está fantástico. Destaco de nuevo al maestro Sacristán y manifiesto mi sorpresa muy favorable por el excelente buen hacer de la joven actriz Candela Serrat que domina el personaje de Ileana, la sufrida hija del protagonista. Y el joven gran talento, Alberto Frías, demuestra su gran versatilidad sobre los escenarios. Que no mencione al resto de actores no quiere decir que no estén formidables en el montaje. Gustavo Tambascio firma la dirección del espectáculo, actividad nada fácil en esta propuesta donde el ritmo llega en la segunda parte cuando los personajes empiezan a sacar sus conflictos.

Resulta, sin embargo, singular escuchar un acento españolísimo cuando la historia transcurre en pleno Perú. Haremos la vista gorda, como tantas veces la hacemos, cuando en una película americana con perfecto acento castellano de Valladolid alguno de sus personajes nos dice que en su vida ha salido de Connecticut. Aunque no tiene ningún sentido que únicamente el personaje de Teófilo Huamani, interpretado por Javier Godino, tenga un ligero acento de allende los mares. Misterios de las tablas.

Calificación: Por ver al gran José Sacristán, lo que haga falta.

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Trinidad

Trinidad es un nombre de mujer. Trinidad es el dogma católico que permite concebir la idea de que tres personas distintas son una única. “Trinidad” es también la historia de tres mujeres avocadas a sufrir en silencio los vaivenes del amor, confirmando aquello de que en las relaciones sentimentales tres son multitud. Si a la multitud que forman esas tres mujeres, unidas por el amor, le sumamos un entorno social enclavado en el momento más álgido del franquismo, aquello resulta ser sin duda una bomba de relojería. La autora de “Trinidad”, Ana F. Balbuena, empuja al espectador a darse de bruces con las dificultades que vivían las personas que, en aquel momento, se enamoraban de alguien del mismo sexo, quedando constreñidas a pasar sus días en un encierro voluntario con tal de poder estar al lado de quien amaban. Eso es lo que les pasa a Sole y a Trini, interpretadas por Lorena Toré y Marta Guerras. Sole se desvive por darle todo a Trini, incluido su amor. Trini parece moverse por otros intereses o, al menos, eso aparenta. No es que no quiera a Sole, pero es tal la frialdad que transmite que parece no estar a la altura del sentimiento de quien se muere por sus huesos. Para formar esa trinidad entra en juego Ángela, a la que da vida Cristina Bernal, a la que más de uno conocerá como “la Bernalina” que ha movido las plumas de su cabaret sicalíptico por más de un garito madrileño en los últimos años. Y hasta aquí puedo leer que no quiero ser tratado de “spoiler”, vamos, que no quiero que se diga que he destrozado la función, cosa que odio en cotas elevadísimas.

La mano de Nacho Sevilla ha hecho moverse a estas tres actrices en los salones de La Casa de la Portera como si estuvieran habitando su pisito costero de los años 60 y dota al montaje de una teatralidad que parece estar en peligro de extinción. La mirada de Marta Guerras interpretando a Trini produce incomodidad y su actitud, quizá un poco forzada al inicio de la función, deja atisbar que algo no va a salir bien. Lorena Toré es sin duda la que logra despertar más ternura en el espectador. Ella sufre, aguanta, acepta y todo lo hace por amor. Y Cristina Bernal está estupenda en ese personaje lleno de deseos encontrados que domina en los variados registros.

Calificación: En “Trinidad” se respira teatro

 

 

 

 

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Yo amé a Edgar Allan Poe

Me encanta el terror en el teatro, entre otras cosas, porque la imaginación tiene que trabajar mucho más debido a los limitados recursos de que el género dispone a la hora de contar historias. Edgar Allan Poe ha sido ensalzado a los altares del miedo por los relatos que escribió que para la época debían estar a la altura de la saga cinematográfica “Saw”, vetada en algunos países como protección a sus ciudadanos. Hoy, Poe, quizá no impacte tanto ni dé tanto miedo (el cine ha puesto una barrera bien alta al género) pero aún se puede llegar a inquietar con este autor.

Casi con seguridad, eso es lo que pretendió Pilar Massa, reconocida actriz y exitosa directora de teatro, cuando decidió homenajear a Edgar Allan Poe. Massa ha sabido crear el clima de misterio necesario en La casa de la Portera. Pasar la barrera de las diez de la noche dentro de esta sala con poca luz invita a hacer emerger la susceptibilidad al miedo al más pintado. La directora, además, es actriz junto a la maravillosa Carmen Mayordomo. Ambas ponen en pie “Yo amé a Edgar Allan Poe” dando voz y llenando de pasión las historias que narran. Massa y Mayordomo consiguen que la palabra sea la protagonista, precepto básico de este montaje en el que lo teatral queda en segundo plano por las características de la propuesta. Aún así, Massa y Mayordomo demuestran una vez más que son unas todoterreno de los escenarios y que sin duda pueden interpretar lo que se les ponga por delante.

Calificación: Estupenda narración de algunos relatos de Poe.

 

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Sótano

El cine ha encontrado en los thrillers con tensión psicológica uno de los mayores filones para atraer al público a salas, cuando el espectador veía películas en el cine. El género de la gran pantalla despliega sus recursos y hace que quien mira atentamente la historia que le están contando, aumentando su nivel de adrenalina gracias a la música o una imagen repentina e impactante. El teatro no puede sacar provecho a esas triquiñuelas porque en el escenario no hay engaño. Crear tensión en el teatro es una tarea titánica y aquel que lo consigue es porque sabe manejar los tiempos, las pausas, la palabra, las miradas, la expresión corporal, los movimientos… vamos, que sabe hacer funcionar un reloj teatral.

“Sótano” es un montaje en el que su director, Israel Elejalde, ha sabido combinar esos elementos para llegar a su objetivo: tener al público en tensión durante una hora. Elejalde ha encauzado muy adecuadamente las actitudes de los actores Juan Codina y Víctor Clavijo guiados hacia el desconcierto del espectador. Estos dos personajes que coinciden en un mismo lugar, con un único motivo, no desean estar allí, pero una fuerza poderosa les atrae para tener que sufrirse, soportarse y odiarse. Esa fuerza está alimentada por la curiosidad, por el querer saber más. La incógnita la creó el autor de “Sótano”, Benet i Jornet, y ahí la deja, abierta para que el espectador reflexione, piense y cree situaciones en su imaginación. Esa es la principal función del autor, hacer mover la meninges del espectador, conseguir dejarle con un runrún sobre lo que les pasa a esos dos hombres atraídos por un único punto de encuentro. Y ¡vamos que si lo consigue!

Calificación: Gozoso disfrute del suspense en el teatro.

 

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Verano en diciembre

 

Verano en diciembre” no es más que una historia familiar. Un momento en una vida de una familia que podría ser la de cualquiera. La abuela, la madre y tres hermanas. Ese es el núcleo familiar y a partir de ahí se desarrolla la historia escrita por Carolina África y que le supuso una nominación en la última edición de los Premios Max a la mejor autoría novel, aunque este montaje también estaba nominado al premio al espectáculo revelación (y su productora, la pequeñísima Sala La Belloch estaba nominada a la mejor empresa teatral).

El secreto de este montaje está en la realidad que cuenta. En la identificación que siente el espectador porque, como en toda familia, cada personaje es único y a pesar de estar unidos todos por los lazos familiares y por tener encima el mismo techo, la forma de vivir es muy distinta. Como en la familia de cada uno. Y presidiéndolo todo la alargadísima sombra de la madre que ejerce de matriarca como corresponde a la cultura mediterránea. Esa madre, que tratando de conseguir el bien de sus retoños, provoca desigualdades que llevan a la deriva de la desidia y envidia escondida. Y, como contrapunto, la abuela, dispuesta a recibir ternura y a servir de bálsamo contra el desgaste que causa la familia.

Pero el entorno familiar no sólo provoca conflictos. La familia es el hogar para descansar y reconfortarse para seguir el camino lleno de dificultades, de grandes proezas o de normalidad. ¿Y por qué una obra de teatro que habla de lo que nos puede pasar a todos en nuestra familia es tan bien acogida por el público? Porque el espectador casi siempre quiere que le pongan un espejo delante y cuando tienen una imagen suya es cuando despierta las ganas de cambiar lo que antes nunca había visto enfrente. Identificarse con lo que pasa en el escenario abre la mente del espectador a la reflexión.

Calificación: Realismo a raudales a través de una radiografía de familia.

 

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Bazar

En los tiempos que corren parece que las neuronas se disparan y pocos artistas tienen una única dedicación creativa. Ese el caso de David Planell hasta ahora reconocido por su trabajo como guionista en series como “Hospital Central” o “El comisario”, que en 1997 escribió una obra de teatro, “Bazar”, que se ha representado en varias ocasiones desde entonces en Madrid y Londres. Ahora llega al Teatro del Barrio dentro del Festival “Surge Madrid” al auspicio de la Comunidad de Madrid y gracias al empeño de su comisaria Natalia Ortega. “Bazar” no es más que la trastienda de un local comercial regentado por dos “moros” y en el que prácticamente conviven con un macarra de Lavapiés, amigo de uno de ellos. En uno de esos ratos perdidos que surgen entre esas cuatro paredes llega la brillante idea de recrear en vídeo una caída fatal sufrida por ese pobre “tirao” que interpreta Raúl Jiménez. Esa es la apuesta de Planell que a partir de aquí analiza el comportamiento humano de tres seres que viven en una sociedad que les recluye a una trastienda en la que ellos mismos se verán abocados a tener que sobrevivir, a luchar entre sí para ser el más listo y no dejarse engañar por la falsa amistad que tantas veces sirve de velo para ocultar malas jugadas. El trío actoral no puede mimar más a cada uno de los personajes. Eduardo Ferrés es un jovencísimo actor con un talento impactante que sabe dominar sus personajes y sin duda lo demuestra con este Rashid con el que el público llega a preguntarse si en realidad es un chico marroquí o es que así de buen actor. Raúl Jiménez es muy macarra. No sé si en su vida personal también lo será, pero desde luego en “Bazar” se pone en el pellejo de cualquiera de esos jóvenes con ansias de libertad, pero sin un rumbo fijo en su camino que se ven obligados a ir tirando según se vayan presentando las cosas. Y Rodrigo Poisón cierra la terna de esta excelente interpretación dando vida a Hassan, llenando el escenario de sentimiento sincero en cada una de las palabras de su personaje. Sin duda, David Planell demuestra su maestría en la escritura teatral, a pesar de que no sea donde ha desarrollado más intensamente su carrera.

Calificación: Comedia negra, reflexiva y gozosa.

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