Orphans

¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por nuestra familia? ¿Los lazos familiares se diluyen cuando se afrontan problemas que pueden conllevar riesgos para alguno de los miembros que pueden implicar al resto? ¿Los vínculos parentales son para siempre o pueden llegar a resquebrajarse cuando un hecho inesperado golpea a una familia?

orphans

Las relaciones fraternales se presentan como hilo conductor de esta obra de teatro, “Orphans”, de Dennis Kelly, que de entrada y sin remilgos nos plantea el conflicto entre los tres personajes. Una pareja está celebrando una cena romántica en el salón de su casa y el hermano de ella viene a romper, repentinamente, la tranquilidad del momento, presentándose en ese salón con una camiseta ensangrentada y dando explicaciones del porqué de esas macabras manchas.

La pareja son Nuria Aparicio y Borja Elgea, al que habíamos perdido completamente la pista después de los noventa, época en la que estaba en todas partes. Gran alegría saber que sigue en el mundo de la interpretación y de forma tan solvente porque, sin duda, su interpretación es la que aporta más vivacidad y realismo a la historia que se cuenta. El hermano en discordia está interpretado por Rafael Rojas, con años de profesión a sus espaldas, que en este montaje no encuentra su lugar ni el tono de su personaje, continuamente sumido en esa linealidad interpretativa tan perjudicial para ese Liam que debe ser un vaivén de emociones.

La chica de la terna actoral, Nuria Aparacio, es la encargada de transmitir los sentimientos. Ella debe equilibrar la balanza entre el agarre de los lazos familiares que le aviva la presencia de su hermano y el vínculo con una persona ajena a su familia de sangre que es su marido pero que no tiene la visión defensiva que aporta el rojo líquido. Sin embargo, la actriz mantiene la frialdad, acusando la carencia de visceralidad que sería necesario para un personaje que se encuentra entre la espada y la pared y que es la que verdaderamente hace surgir el conflicto. La dirección la firma el reconocido director Roberto Cerdá que aporta buenas ideas al montaje aunque, finalmente, no permitan cargar de energía una propuesta del todo fría y que se desvanece por momentos.

Calificación: Montaje gélido.

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Todo irá bien

Que la juventud está atravesando por un mal momento, es algo de lo que todos somos conscientes. Quizá es algo endémico y que se transmite de generación en generación porque la juventud siempre pasa por dificultades. “Todo irá bien” habla de la historia de cuatro jóvenes a cual más tocado. Cuatro jóvenes pertenecientes a la clase obrera del siglo XXI, es decir, a esa clase obrera que puede ser vapuleada en cualquier momento y pasar de clase obrera a clase parada en cuestión de minutos. A partir de ese acontecimiento, del desempleo, José Manuel Carrasco crea la historia de cuatro personajes con sus necesidad, sus fobias y sus filiales que ante todo demuestran una infelicidad que degenera en patología. El propio autor mantiene que son personajes de barrio, de su barrio. Personas que circulan a su alrededor, que existen y cuyos comportamientos son trasladados a un escenario. Esto es realismo en vena. Vamos, que muchos se podrán sentir identificados con la calamitosa vida que llevan los personajes (ojalá que sean los menos posibles).

Cartel de "Todo irá bien" en La Trastienda

Cartel de “Todo irá bien” en La Trastienda

 Cuatro actores, Pilar Bergés, Juan Dávila, Laura Barceló e Ignacio Mateos que encuentran el punto exacto de sus interpretaciones , tanto es así que, por ejemplo, Juan Dávila parece que es un aficionado que pasaba por allí y le han pedido que interprete el papel de un chaval con media neurona que llega hasta donde llega, es decir, a las necesidades más básicas. Me la colaste, Juan. O la propia Pilar Bergés que aguanta el tirón de estar en escena durante toda la función y viviendo cada palabra que dice. Gran sorpresa. Laura Barceló interpreta a esa amiga que está ahí pase lo que pase y a la que la actriz da un toque de tranquilidad, de equilibrio que ayuda a marcar el camino de su gran amiga. Fabulosa en su última escena. El comodín del montaje es el personaje que interpreta Ignacio Mateos, él se vi envuelto en esto sin querer y afronta la situación movido por el amor que le ciega y no le deja ver más allá. Todo esta mezcla de emociones se condimentada con una buena dosis de humor y algún que otro pellizco en el sentimiento.

Calificación: Para vivir la realidad más profunda con aires de comedia de situación.

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La bella de Amherst (Emily Dickinson)

El teatro necesita de historias que atrapen al espectador, primero, por lo que cuentan y, después, por cómo se cuentan. Los autores teatrales consiguen grandes inspiraciones en la biografía de personas significativas que, por su forma de vida y lo que han aportado a la sociedad, consiguen atrapar al espectador cuando su recorrido vital se sube a un escenario. Ese el caso del montaje “La bella de Amherst” que toma como referencia la vida a la poeta americana, Emily Dickinson, de Massachusetts para más señas como bien se encarga de enfatizar el autor de la obra, William Luce.

Cartel de "La bella de Amherst (Emily Dickinson)" en la Sala Guindalera

Cartel de “La bella de Amherst (Emily Dickinson)” en la Sala Guindalera

Juan Pastor dirige esta puesta en escena que nos acerca a un personaje prácticamente desconocido en nuestro país y del que apetece conocer más en profundidad después de adentrarnos en su vida y en su obra como espectadores del montaje. Pastor se ha encargado de hacer una selección de poesías de Dickinson tan cuidadas y atractivas que harán que más de un visitante de la Sala Guindalera no pare hasta hacerse con una buena compilación poética de la autora americana. La dirección de este montaje es delicada, enfatizando lo onírico, la atemporalidad y el particular mundo de Dickinson, una mujer aislada del exterior por voluntad propia dedicada a sus pensamientos y a la escritura, que disfrutaba de cada acontecimiento como si fuera el más grande de su vida. El personaje de Emily Dickinson está interpretado por María Pastor, esa mujer nacida para los escenarios, que da el máximo de sí misma en cada función con la máxima delicadeza y el mimo con que lo hace. Aquí se enfrenta a una hora y media de texto, sin replicas visibles, durante la cual invita a amar la personalidad de Emily Dickinson.

María Pastor es Emily Dickinson en "La bella de Amherst"

María Pastor es Emily Dickinson en “La bella de Amherst”

María Pastor busca en los vericuetos ocultos de la escritora para ofrecernos su personalidad más destacada y también sus miedos, sus sufrimientos y, sin duda, sus pasiones. Y lo consigue. Transmite el amor por Emily Dickinson y las ganas de ser en algún momento ella, con sus actos de locura incontenida, de la que a veces tanto necesitamos. Juan Pastor crea el clima adecuado con cada detalle. Llama especialmente la atención el juego que la protagonista mantiene con la luz que envuelve las situaciones por las que transcurre. Gran idea de dirección. La escenografía es un canto a la atemporalidad de la historia que ayuda a evocar el onirismo, tan adecuado para todo lo que pasa sobre el escenario.

Calificación: Buen teatro hecho con gusto.

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Cuando deje de llover

En el desierto existen oasis en los que refrescarse y donde relajar la mente pensando que no sólo hay arena y dunas en el camino. Con el teatro madrileño pasa algo similar. Los oasis son pocos en el trayecto de los asiduos seguidores del mundo escénico en la capital, contados, pero los hay. “Cuando deje de llover” no es un oasis, es un océano en el desierto en el que recrearse y disfrutar con su agua, elemento muy presente en la función ya desde su título.

Cartel de "Cuando deje de llover"

Cartel de “Cuando deje de llover”

Andrew Bovell firma la autoría de esta pieza mimada milimétricamente, formada por distintas historias que encajan como un puzzle creado a lo largo del tiempo y de diversas generaciones. Hace falta maestría para saber cuadrar esas vivencias complejas en sí mismas, que se suceden. Su director, Julián Fuentes Reta, ha sabido crear una orquesta de acontecimientos en el tiempo que el espectador es capaz de seguir atentamente de forma independiente y conectando unos con otros. Julián Fuentes Reta, no es sólo maestría, también es excelencia en el trabajo porque cada palabra de los personajes se acompaña de un gesto, de un detalle que da colorido a una obra de teatro llena de duras realidades a las que nos tiene acostumbrados la vida. Texto y dirección, de altísimo nivel.

Nueve actores sobre el escenario de Matadero Madrid componen las historias de "Cuando deje de llover"

Nueve actores sobre el escenario de Matadero Madrid componen las historias de “Cuando deje de llover”

No se quedan atrás los actores. Es muy difícil encontrar elencos tan amplios y tan homogéneos a la hora de interpretar. La mano de Fuentes Reta tendrá mucho que ver también en esto. Susi Sánchez impacta por su forma de ejercer su profesión. No hay estruendos en su interpretación, es el personaje, te la crees de cabo a rabo. Consuelo Trujillo, idem. No se puede ser más madre amantísima ni más mujer sufridora. Pilar Gómez tiene la virtud de servir igual para un roto que para un descosido, no me canso de decirlo, y sabe llegar a la parte más sensible de su espectador desde la compasión que genera el personaje de Elisabeth. Ángela Villar encara la valentía de su personaje y sabe mostrar la inocencia que perderá de una tacada. Jorge Muriel no defrauda, siempre al máximo nivel, mostrando el lado más sencillo del aventurero Gabriel Law. De Felipe G. Vélez se recordará por mucho tiempo que lance el grito desgarrador más intenso y más real que se ha visto en teatro en años. Ángel Savín cierra el círculo de función, es el principio y el fin junto a Borja Maestre, actor que tiene que dar mucho que hablar por su templanza encima de las tablas. Y el último en mencionar, pero no por su interpretación porque no puede encerrar más verdad, Pepe Ocio que hace frente al personaje más indeseable de toda la función, el paradigma de la confusión y que él interpreta como si no estuviera pasando nada. Enorme, Pepe Ocio. Enfrentarse en soledad a un escenario como el de la Sala 1 de Matadero tiene que dar más que respeto y Maestre lo hace con toda normalidad. “Cuando deje de llover” se convertirá en un imprescindible de las tablas que cada persona que pueda disfrutarlo caerá rendido de amor por el teatro, si es que no le apasionaba ya este arte.

Calificación: Experiencia muy próxima a la catarsis.

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Mi relación con la comida

Si no conocen nada de la obra de la catalana Angélica Lidell quizá esta sea una buena oportunidad para saber de qué habla. Ella no protagoniza el montaje, sólo firma la autoría y sin duda no es poco. La polémica está servida en sus obras y aquí no iba a ser menos. “Mi relación con la comida” nace a partir del momento, quizá biográfico, en el que el único personaje protagonista, actriz de profesión, es convocada por un productor para comer en un lujoso restaurante para ver si su obra puede ser llevada a la escena. Mayor ofensa no se le podía hacer a la Lidell.

Cartel de "Mi relación con la comida"

Cartel de “Mi relación con la comida”

A partir de aquí surge el conflicto con la sociedad, con el capitalismo, con la globalización y, en general, con la vida del siglo XXI. La posición social es el punto de mira en el que se focaliza este texto, que fue Premio SGAE 2004. La autora muestra su odio hacia la señoronas que frecuentan restaurantes con cartas selectas, desprecia la actitud de las personas de clase social alta y crea reflexiones que se mantienen como un runrún en la mente del espectador. “Los privilegios generan odio. A más privilegios, mayor odio.” Pues es cierto. Pensamiento al aire, conocido por todos, pero que quizá nos lo tenga que poner la Lidell delante de los ojos para darnos cuenta. Y como este, hay otros tanto. También, no se puede negar, hay muchos pensamientos excesivos, al límite de la realidad e incluso alejados de sentir común, pero forma parte de su manera de ser.

Esperanza Pedreño da vida a este personaje creado por Angelica Lidell

Esperanza Pedreño

Esperanza Pedreño defiende este montaje excelentemente. Un texto muy complicado al que Esperanza da ese punto de soberbia políticamente incorrecto que pilla desprevenido al espectador sin saber por dónde va a salir después de cada frase que pronuncia.

Calificación: Para reflexionar, para seguidores de la Lidell o para aquellos que sepan seleccionar la información y procesar la que más les convenga.

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Locuras cotidianas

Les juro que no sé cómo empezar a contarles lo que es “Locuras cotidianas”. Los datos evidentes es que es una obra del autor checo Petr Zelenka, adaptada y dirigida para el Teatro Lara por Carlos Be, que cuenta entre su elenco con actores tan televisivos como Pepa Rus, José Angel Trigo y Esperanza Elipe y otros curtidos en mil batallas teatrales como son Carmen Mayordomo, Alfonso Torregrosa, David González y Fran Arráez. La obra se representa en la sala grande del Teatro Lara. Para llegar hasta allí fui en metro. Caminé con una amiga hasta alcanzar la taquilla del teatro. En la cola saludé a unos cuantos conocidos, que acudían ilusionados también al estreno de “Locuras cotidianas”. Como faltaba un rato hasta el comienzo de la función, mi amiga y yo nos fuimos a tomar una caña. Nos contamos un poco de aquí, un poco de allá y salimos del bar. Llamé a mi madre a ver qué tal estaba. Le dije que iba a un estreno y no se enrolló mucho porque sabe que en la puerta de los teatros siempre me encuentro con amigos y conocidos. Dicho y hecho. “Actores, productores, directores y demás…” ¿les suena? Es de la canción “El cine” de Mecano, más de uno la habrá reconocido, ¿verdad? Mi amiga y yo conseguimos llegar a la butaca. Estaba la sala abarrotada. Saludamos, con la mano y marcando mucho con los labios las palabras que decíamos para que pudiera leerlos, a otro amigo que estaba sentado más cerca del escenario que nosotros. Se apagaron las luces. Empezó la obra como si de una película se tratara. Interés inicial.

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Reparto al completo de “Locuras cotidianas”

Fran Arráez está muy bien en su personaje, lo tiene pillado, sí. Me hace gracia su fijación por los agujeros. La Rus es muy grande. Carcajadas. Buen golpe de dirección ese de hacerle hablar más allá de la línea telefónica. Vaya, no veo a la Elipe muy segura, serán cosas mías. Uy, que hay algo aquí que no pillo. A David González no le noto tan brillante como nos tiene acostumbrados… serán cosas mías. Oigo a la señora de atrás que dice “no me entero de nada”. Menos mal, no soy el único. José Ángel Trigo sigue vestido y creo que no va a haber excusa para que se tenga que desprender de parte de su vestuario. ¡No le van a quitar la camiseta! Ah, no, falsa alarma. Se quita la camiseta sin motivo. Yo que me creía que iba a ser sorprendido por una vez. Ya tengo que meter esta obra en la categoría de “teatro de los pectorales” y mira que no quería. Carmen Mayordomo me encanta en su último personaje. No quiero hacer spoiler, así que sólo diré que está graciosísima. David González se trastabilla con su texto, ¡qué rabia! Un fallo lo tiene cualquiera. Este chico tiene archidemostrado que es bueno, así que no me preocupa. Será… la situación. José Ángel Trigo se trastabilla, también puede tropezar el chaval. Mira Puraenvidia, ¡qué buena escenografía ha hecho con cuatro cosas! Alberto siempre acierta. La Elipe también se trastabilla. ¡Umm! Tres es multitud. ¿No será que hasta a los propios actores les resulta difícil seguir la historia que tienen que contar y por eso se les va el personaje? Miro el reloj un par de veces. Se acaba la función. Aplaudimos. Los que me encontré ilusionados a la entrada, salen con cara de decepción y no son los únicos. A alguien más también le ha pasado y lo cuenta en Twitter. Corro a mi casa que las doce menos poco de la noche es una hora bastante intempestiva para salir decepcionado de un teatro y más si al día siguiente hay que madrugar de lo lindo.

Calificación: Inexplicable.

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El zoo de cristal

Esta dicen que es la obra más autobiográfica de esa deidad teatral que es Tennessee Williams. No hay duda, el autor nació en Misisipi, pleno sur de los Estados Unidos, y esta historia la sitúa en la misma área, al cobijo de una familia sureña formada por un madre con un carácter de rompe y rasga, un hijo que deambula por la vida con una única obsesión, el cine, y una hija con problemas de movilidad en una pierna que le hace cada vez más introvertida y que, sin duda, es una preocupación para una madre que acaba de sufrir las consecuencias de la gran crisis del 29 y de la nefasta elección de un marido inapropiado. El conflicto está servido.

La madre sólo quiere un buen futuro para su hija, la más indefensa de la familia. Y a partir de aquí las conjeturas, las ideas infundadas y una cabeza llena de ilusiones y fantasías que no hacen más que dificultar la situación. Tennessee Williams puede ser que quisiera hablar de algún momento de su vida, pero sin duda lo que narró en “El zoo de cristal” es el estallido del producto ficticio generado por la fábrica de los sueños que es Estados Unidos. El sueño americano que salta por los aires cuando un mínimo detalle, con el que no se contaba de entrada, desmorona el castillo construido sobre la nada. Y quién es el culpable del desaguisado, ¿el Estado por vender la moto, que luego se marcha y te deja con el problema, o el pobre ciudadano que confía en lo que le cuentan y sufre las consecuencias de que la realidad no es como se la han contado? Una pregunta tan actual como repetida a lo largo de la Historia.

Francisco Vidal dirige esta versión del drama de Williams, que huele a clásico porque no le queda más remedio. Este montaje o se adapta al siglo XXI o siempre tendrá ese sabor que, en ningún caso, está de más a no ser que se sea un moderno exacerbado. Vidal juega con las palabras, con los movimientos, con las luces y con el gesto de los actores. Hay mucha intención en cada movimiento de los cuatro protagonistas. Silvia Marsó encabeza el cartel.

Hablando del cartel, está creado a la antigua usanza, fotografía a mayor tamaño de la primera actriz y con menor envergadura las del resto de actores. Pasa lo mismo en el saludo final, algo que cada vez se ve menos y que no está mal recordar de vez en cuando, aunque los tiempos dicen que no hay que abusar y más siendo todos actores jóvenes. A lo que iba, la Marsó está espléndida. Miren que no me convenció del todo en “Yerma” y lo de “Capitalismo. Hazles reír” no fue culpa suya e iba yo al Fernán Gómez con ese resquemor. Fuera miedos porque aquí está en su personaje y demostrando todo su colorido interpretativo.

Silvia Marsó tiene por delante un gran personaje en el que demuestra todo su poder interpretativo

Me quedo con su gesto (hablaba antes de los gestos de esta función) en el momento clave de la función, cuando su castillo de naipes se viene abajo. La sorpresa le sale de dentro. Tengo esa cara clavada en mi cabeza. Pero además ríe, hace reír, se impone, llora y a alguno seguro que le hace llorar. El personaje de Carlos García es el generador de ilusiones, de esperanzas, de alegrías, pero también genera el estallido, la ruptura. Sabe mantener el interés para aumentar ese deseo y muestra la cara de la cruel realidad cuando le ve las orejas al lobo y afronta un acto de valentía que defiende con gran solvencia en la interpretación.

Reparto al completo de “El zoo de cristal”, dirigido por Francisco Vidal

Pilar Gil es la fragilidad, la indefensión, la depresión por no tener futuro y así lo plasma en esa pobre chica. Es el reflejo de la inseguridad, el miedo y el sometimiento a esa madre todopoderosa. Y Alejandro Arestegui sabe recibir los golpes a pesar de que su personaje aporta todo lo que está en su mano para mejorar la situación. Pone en pie sobradamente el respeto a una madre que no reconoce sus esfuerzos y refleja fielmente los desaires de desaprobación de cualquier hijo hacia las imposiciones de sus progenitores.

Calificación: Buena propuesta para disfrutar de un clásico con alto nivel actoral.

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