Verano en diciembre

 

Verano en diciembre” no es más que una historia familiar. Un momento en una vida de una familia que podría ser la de cualquiera. La abuela, la madre y tres hermanas. Ese es el núcleo familiar y a partir de ahí se desarrolla la historia escrita por Carolina África y que le supuso una nominación en la última edición de los Premios Max a la mejor autoría novel, aunque este montaje también estaba nominado al premio al espectáculo revelación (y su productora, la pequeñísima Sala La Belloch estaba nominada a la mejor empresa teatral).

El secreto de este montaje está en la realidad que cuenta. En la identificación que siente el espectador porque, como en toda familia, cada personaje es único y a pesar de estar unidos todos por los lazos familiares y por tener encima el mismo techo, la forma de vivir es muy distinta. Como en la familia de cada uno. Y presidiéndolo todo la alargadísima sombra de la madre que ejerce de matriarca como corresponde a la cultura mediterránea. Esa madre, que tratando de conseguir el bien de sus retoños, provoca desigualdades que llevan a la deriva de la desidia y envidia escondida. Y, como contrapunto, la abuela, dispuesta a recibir ternura y a servir de bálsamo contra el desgaste que causa la familia.

Pero el entorno familiar no sólo provoca conflictos. La familia es el hogar para descansar y reconfortarse para seguir el camino lleno de dificultades, de grandes proezas o de normalidad. ¿Y por qué una obra de teatro que habla de lo que nos puede pasar a todos en nuestra familia es tan bien acogida por el público? Porque el espectador casi siempre quiere que le pongan un espejo delante y cuando tienen una imagen suya es cuando despierta las ganas de cambiar lo que antes nunca había visto enfrente. Identificarse con lo que pasa en el escenario abre la mente del espectador a la reflexión.

Calificación: Realismo a raudales a través de una radiografía de familia.

 

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Bazar

En los tiempos que corren parece que las neuronas se disparan y pocos artistas tienen una única dedicación creativa. Ese el caso de David Planell hasta ahora reconocido por su trabajo como guionista en series como “Hospital Central” o “El comisario”, que en 1997 escribió una obra de teatro, “Bazar”, que se ha representado en varias ocasiones desde entonces en Madrid y Londres. Ahora llega al Teatro del Barrio dentro del Festival “Surge Madrid” al auspicio de la Comunidad de Madrid y gracias al empeño de su comisaria Natalia Ortega. “Bazar” no es más que la trastienda de un local comercial regentado por dos “moros” y en el que prácticamente conviven con un macarra de Lavapiés, amigo de uno de ellos. En uno de esos ratos perdidos que surgen entre esas cuatro paredes llega la brillante idea de recrear en vídeo una caída fatal sufrida por ese pobre “tirao” que interpreta Raúl Jiménez. Esa es la apuesta de Planell que a partir de aquí analiza el comportamiento humano de tres seres que viven en una sociedad que les recluye a una trastienda en la que ellos mismos se verán abocados a tener que sobrevivir, a luchar entre sí para ser el más listo y no dejarse engañar por la falsa amistad que tantas veces sirve de velo para ocultar malas jugadas. El trío actoral no puede mimar más a cada uno de los personajes. Eduardo Ferrés es un jovencísimo actor con un talento impactante que sabe dominar sus personajes y sin duda lo demuestra con este Rashid con el que el público llega a preguntarse si en realidad es un chico marroquí o es que así de buen actor. Raúl Jiménez es muy macarra. No sé si en su vida personal también lo será, pero desde luego en “Bazar” se pone en el pellejo de cualquiera de esos jóvenes con ansias de libertad, pero sin un rumbo fijo en su camino que se ven obligados a ir tirando según se vayan presentando las cosas. Y Rodrigo Poisón cierra la terna de esta excelente interpretación dando vida a Hassan, llenando el escenario de sentimiento sincero en cada una de las palabras de su personaje. Sin duda, David Planell demuestra su maestría en la escritura teatral, a pesar de que no sea donde ha desarrollado más intensamente su carrera.

Calificación: Comedia negra, reflexiva y gozosa.

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Cerda

Los géneros teatrales podrían llegar a ser infinitos. Tantos, casi, como autores teatrales pueda haber, dificultando la clasificación de las obras que se escriben. Este es el caso de Juan Mairena y su “Cerda”. No tiene posibilidad de ser definida dentro de ningún género porque es, eminentemente, una comedia, que encierra grandes dramas (no uno ni dos, casi cada uno de los cinco personajes tiene el suyo propio), con una ambientación sonora propia de un musical y está plagada, en su conjunto, de surrealismo de principio a fin, a pesar de que muchas de las situaciones, tomadas de forma aislada, no podrían ser más reales. Ver aparecer a Dolly, insoportable como ella sola en este personaje, que ejerce de madre superiora de la Orden de las Siervas del Santo Membrillo adentra al espectador en un agujero negro, un mundo singular que da vida a una gamberrada mental de Mairena que arriesgó a compartirla con el público y todos hemos salido ganando. Sin ir más lejos, Inma Cueva, Sor Cicilia en la obra, obtuvo el reconocimiento de todos sus compañeros de profesión que le otorgaron por este papel el Premio de la Unión de actores a la mejor actriz secundaria de teatro en la última edición de estos galardones. Los éxtasis de la Cuevas en “Cerda” son para elevarla a los altares. Qué grandes momentos regala esta actriz en todo lo que hace. El resto del elenco ha ido creciendo con la obra a lo largo de estos meses de prórroga en La Casa de la Portera. Juan Mairena, además, ha querido homenajear, muy acertadamente, algunos grandes clásicos de la música italiana, en unos momentos, de forma expresa y, otros, de manera casi imperceptible. Una alternativa más del autor, que también la ha dirigido, para pellizcar al espectador . “Una cerda es una cerda” y lo demás son tonterías.

Calificación: Montaje creado para disfrutar del teatro nada convencional y, por qué no, también dar rienda suelta a la irreverencia y a la diversión.

 

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Misántropo

Maravillados han terminado los privilegiados espectadores que ya han podido disfrutar de las pocas funciones que se han representado de “Misántropo” en el Teatro Español. De nuevo la creativa imaginación de Miguel del Arco aporta arte y claridad a un texto clásico de Molière, adaptado a nuestros días con un verso propio del siglo XXI, y lo hace otra vez rodeado casi al completo por el elenco de “La función por hacer” y “Veraneantes”. Se confirma, así, que Kamikaze Producciones es una auténtica simbiosis sobre el escenario donde todos aportan y nadie resta.

Israel Elejalde es el incomprendido, el apartado del mundo, el amargado con el mundo, es Alcestes, el misántropo por excelencia que quiere huir de las redes de la sociedad en la que se siente preso, pero que no deja de caer una y otra vez en ese entramado que le impide escapar. Tratando de transportarlo al mundo de lo simple está su íntimo amigo, Filinto, interpretado por Raúl Prieto, con esa singular forma que él tiene de dar vida a sus personajes y que aquí está contenida, acertadamente, para no caer en la exageración. Manuela Paso es una actriz increíble y una vez más así lo de demuestra. Como Miriam Montilla, discreta como pocas sobre un escenario y aportando sintonía al conjunto. Pero sin duda las dos grandes revelaciones, o mejor dicho, las dos grandes confirmaciones interpretativas de esta producción son Bárbara Lennie y Cristóbal Suárez. Ella, aguanta el tirón de ser la causante de los mayores males del Alcestes, defendiendo ese difícil personaje en el que tiene que dar la justa ración de sentimientos al resto de amigos y a la vez buscar el arrepentimiento por haber dado demasiado. La Lennie no puede tener más verdad en cada palabra y en cada gesto. Él es Oronte, un bufón de nuestros tiempos, uno de tantos que merodean por los círculos de amigos consiguiendo sus seguidores y sus detractores. Cristóbal Suárez, a través de Oronte, aporta uno de los momentos, hay muchos más durante la función, en los que hay que quitarse el sombre ante Miguel del Arco y su clarividencia escénica combinada con la precisión a la hora de llamar la atención del espectador, aportando sin duda la distinción que le caracteriza.

Calificación: Teatro, buen teatro, grandes del teatro.

 

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Chochos, el musical

Los títulos, en general, son muy importantes a la hora de acercar al público a un producto creativo. Deben describir en pocas palabras lo que se encierra detrás de una obra que a veces cuenta mucho más de lo que esconde un mero título. Sin ir más lejos, “Chochos, el musical”. Podría pensarse que detrás hay una comedia muy ligera, llena de frases abruptas y ordinarias que buscan la risa fácil del espectador aliñado con alguna que otra coreografía repleta de mucha entrepierna femenina. ¿A que lo estaban pensado?

Ciertamente, hay mucha comedia y un no parar de carcajadas del público provocada por la inmensa Esther Gimeno… ¡vaya toro interpretativo! y nosotros sin conocerla. Pero La Gimeno, como le gusta llamarse, es una actriz descarada como una cupletista, lista como un ratón y con la inteligencia más que sobrada como para crear un espectáculo cómico que ponga de relieve la situación de la mujer en la historia y en el presente y las limitaciones impuestas a la mujer y las que ella misma se imponía entonces y ahora. Conseguir reírse de un tema de tal calado no es fácil si además se evita la vulgaridad y se pone de relieve la forma de buscar el impacto en el espectador a través de la carcajada. La Gimeno, sin duda, lo consigue con su texto y mano a mano con Marta de Castro, una mujer con una espléndida voz lírica que aporta las notas musicales de este cabaret a la antigua a través de su piano. Ambas nos trasladan al ambiente de los café-cabarets, desgraciadamente desaparecidos, y hacen que el público mire con ansia lo que pasa en el escenario porque cada vez quiere comer más de ese “Chochos, el musical” y desea que no acabe ese disfrute porque este montaje deja con ganas de más (lo que es cada vez más difícil dentro del mundo teatral donde todos las producciones deberían recortarse “diez minutitos”). ¡Ah!, cuando terminen de verlo entenderán que no podría llamarse de otra manera, así que no se asusten de entrada.

Calificación: Un chute de energía reparadora para los días de bajón y para el resto de días.

 

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Un hombre con gafas de pasta

Convulsa experiencia teatral en La Pensión de las Pulgas. Así definiría en pocas palabras lo que es el montaje “Un hombre con gafas de pasta” que acaba de estrenar la programación de esta ya mítica sala madrileña. La obra de teatro tiene todos los elementos para el éxito: un buen texto, una delicada y acertada dirección y una interpretación que hace sentirse al público como auténticos “voyeurs” autorizados para ver lo que sucede en la casa de esa joven, Aina, que acaba de ser abandonada por su novio y recibe a sus mejores amigos. Ellos sólo quieren ayudarla a superar el trance, similar al que luego sufrirán todos los personajes cuando la historia dé un giro que arremeterá en forma de coletazo inesperado sobre la idea que se haya podido ir creando el espectador sobre cómo se iban a comportar esos personajes. Eso nos pasa por no estar acostumbrados a las sorpresas teatrales, tan necesarias sobre un escenario. Jordi Casanovas en este texto borda este factor.

Pero en el texto se atisba mucho más, principalmente, focalizado en dos asuntos: que no es mejor artista el que mejor se vende de cara al exterior y que las amistades, por muy forjadas que estén, cuando no se tiene una personalidad fuerte, se pueden ver debilitadas por los cantos de sirena. En realidad, esto aplica a la amistad y a tantos otros aspectos de la vida. Jordi Casanovas firma también la dirección y no se le escapa un detalle. Todo calculado milimétricamente para abducir a los personajes en ese misterio que rodeará ese salón desde la llegada del hombre con gafas de pasta. El gafapasta, el intelectual, el “sobrao” es José Luis Alcobendas que maneja admirablemente el control de las miradas y las escalofriantes pausas. Inge Martín saca a relucir un torbellino de emociones, muchas de ellas encontradas, y llena de verdad a esa mujer cabal que parecía estar perdiendo la cordura. Olga Rodríguez y Markos Marín contribuyen con creces a que el giro de la obra sea más convulso para el público. Sus reacciones llenas de sinceridad golpean, otra vez, al espectador.

Calificación: Sin duda una obra que no hay que dejar pasar.

 

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Éramos tres hermanas

¿A quién no le gustaría poder vivir un sueño despierto? Aunque fuera un sueño vivido por otros. Esa es una experiencia a la que no hay mortal que se resistiera, incluso a pesar de que fuera Chejov quien hubiera ideado la historia grupal que fuera a ser soñada. Carles Alfaro ha dirigido “Éramos tres hermanas” en el Teatro de la Abadía utilizando una brillante forma de expresar el onirismo a través del texto “Tres hermanas”, de Chejov.

En escena Julieta Serrano, magistral como de costumbre, acompañada por la sin par Mamen García, en ocasiones una de aquellas jóvenes hermanas que nos retratara Chejov en su obra, en otras una mujer experimentada que ve la vida con la ilusión de una adolescente, con la ilusión de alcanzar Moscú como meta vital. Mamen García sabe transmitir esa ilusión de niña apasionada. Mariana Cordero representa la templanza, la cordura frente a sus dos hermanas soñadoras. Lástima que el micrófono hiciera que el público perdiera el máximo de la interpretación de Cordero.

Esta nueva visión de las “Tres hermanas” de Chejov, autoría de Sanchis Sinisterra, muestra en pureza la cotidianeidad que habitualmente narraba el autor ruso. Historias del día a día de unos personajes que por naturales pueden crear la sensación de que no está pasando nada. Pero la grandeza de Chejov está en cómo cuenta las historias y sus frases magistrales que caen sobre el espectador como una losa de verdad.

Calificación: Revisar a Chejov no es otra cosa que revisar la realidad.

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Lo esencial es invisible a los ojos

Dos jóvenes y un viaje con rumbo incierto aunque desde el principio queda claro que uno quiere ir al norte y el otro, al sur. Un carretera desolada con un sol aplastante de verano y toda una vida por recorrer juntos haciendo autostop, tomando riesgos por conseguir la meta. Así comienza la historia de Celia y Santi, los personajes protagonistas de “Lo esencial es invisible a los ojos”, frase repetidísima de “El principito”, que sin duda resume a qué se reducen las necesidades espirituales del ser humano.

Celia está interpretada por la actriz Reme Gómez, contundente sobre el escenario que defiende a esa mujer inspiradora de novelas, a pesar de su vida cotidiana. A su lado, Santi Giner encarnado por Eduardo Ferrés, un joven actor lleno de verdad que se pone en la piel de un joven escritor reconocido, pero a la vez vilipendiado en un país en el que la libertad de expresión va perdiendo el lugar que un día ocupó. Reme y Santi van afrontando el tiempo y el éxito de formas muy distintas donde la realidad social va pasando factura a su historia de amor.

Una realidad social que por lejana que parezca está inspirada en distintos hechos ocurridos en el mundo y que el autor y director de “Lo esencial es invisible a los ojos”, Jota Linares, ha querido plasmarlo sobre el papel para llevarlo, ahora, al escenario de Nave 73. De esta manera, Linares se compromete con la sociedad y sirve de altavoz a todos esos hechos que han atacado la libertad de expresión de una u otra forma; denuncia esas situaciones para tratar de abrir los ojos al espectador y evitar que se repitan. Se podría decir que el montaje peca cayendo en algunos lugares comunes tan explotados por el cine americano (y por el español, en muchas ocasiones) como es la adicción al alcohol. Es una forma de expresar un desanimo, es cierto, pero quizá ahí también es necesario innovar. Sobre el público diré que había un señor delante de mí que me robó muchos minutos de atención a lo que sucedía sobre el escenario. Estaba tan metido en la historia que, en silencio y sólo con gestos, indicaba a los actores qué decisiones debían tomar, a su entender. Eso sí, tenía una capacidad desmesurada de adaptación a las actitudes de los personajes que le hacía cambiar de un gesto al contrario en pocos segundos tratando de evitar que los personajes cayeran en el abismo. Calificación: Jóvenes, talento y denuncia.

 

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Pareja abierta

Sorpresas nos da la cartelera y aquí hay una de ellas. “Pareja abierta” me sorprendió en todo. El texto de Darío Fo y Franca Rame daba cierta tranquilidad antes de entrar al teatro. Y al salir así lo confirmé. Me han dicho que se han representado más de cuatro versiones en Madrid de “Pareja abierta”, pero como yo no había visto ninguna me gustó mucho la idea que propone.

Más cosas por las que me sorprendió, por la dirección. Ota Vallés, la directora, no permite un respiro y trae a los personajes de un lado a otro, de un comportamiento a otro y de una actitud a otra en cuestión de segundos. Entre tanto, introduce algún movimiento coreografiado por el versátil Pablo Paz y el entretenimiento se transforma en constante. Y la última sorpresa fueron esos dos actores que tienen mucho talento: Mabel del Pozo y José Tornadijo. Vaya viaje emocional que se pegan y obligan al espectador a no pestañear demasiado para no perderse cuál será su siguiente momento vital.

La historia puede parecer alejada de nuestros días, en cuanto al pensamiento inicial de sus protagonistas. Cualquiera podría pensar que esto hoy no pasa. ¡Vamos que si pasa! Más de lo que nos imaginamos y nos gustaría, pero la vida moderna corre un tupido velo en todos estos asuntos que nos hace pensar, erróneamente, que el machismo ya no es tan exacerbado como antes. Pero ahí surge, en este montaje, el papel de la mujer que quiere mantener su dignidad después de habérsela dejado en cualquier rincón de su casa. Y lo consigue. ¿Cómo? Pues ese es el “quid” de la trama de “Pareja abierta”. Una pareja abierta en canal en la que la bandera de la igualdad de sentimientos será una victoria si es que pueden alcanzarla.

Calificación: Para disfrutar del teatro por los cuatro costados.

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Dorian

Nuevo montaje del prolífico autor Carlos Be. En lo que va de año ha estrenado ya dos obras. No está mal. Eso es lo que hay que hacer, contribuir al entramado cultural y si puede ser aportando calidad, mejor que mejor. Aquí el autor ha querido arriesgar pero contando con la red de seguridad que proporciona un texto de Oscar Wilde. Sí, es cierto, esto es una versión muy libre de “El retrato de Dorian Grey”, pero el trasfondo de la historia está. Y los personajes también están aunque tratados con una singularidad muy propia de nuestros días. Ahí radica el mayor acierto de este montaje. Mostrar un Dorian Grey del siglo XXI interpretado por un jovencísimo Carlos López, al que, seguro, le queda mucho camino por recorrer.

Todos los que conocen a Dorian tratan de poner sus sentimientos a su disposición, sin cosechar todos ellos el éxito que les gustaría, pasando por la vida del protagonista sin pena ni gloria, unos, y con más pena que gloria, otros, a pesar de que parezca complicado que el joven Dorian pueda generar pasiones más allá del atractivo físico. Entre los personajes aparece David González, siempre magistral, en el tono justo y transmitiendo verdad. A pesar de que quizá sea imposible evitar una carcajada al verle aparecer en escena, su dominio del personaje hace entrar rápidamente en el juego propuesto.

Esta versión de “El retrato de Dorian Grey” es muy singular y quizá no esté al alcance de todos los públicos. Escuchar a los espectadores antes, durante y después de la función es una de mis pasiones. Mi favorita en esta función fue cuando un señor de unos ochenta años le decía a su mujer, de edad similar, “¡te vas a poner la botas!”. Quienes la hayan visto entenderán el porqué. Calificación: No es oro todo lo que reluce.

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